Demasiados adjetivos
Si eres peruano, lo más probable es que al menos una vez en tu vida hayas tenido o escuchado una conversación como esta:
—Habla, chato.
—Habla, gordito, ¿cómo estás? Oye, ¿has visto a la china?
—¿Cuál china? —la que está con el co-fla o la que para detrás del negro?
—La chata, pues... La que me presentaste en el cumpleaños de la gordita...
—¡Ah, esa china! No, para nada, causa. Desde el tono no sé nada de ella.
¿La recordaste? ¿Estás sonriendo? Lo sabía…
Hablemos un poco de nuestro uso de los adjetivos —los que usamos cuando conversamos; los que usan en los medios de comunicación cuando describen lo desalmado que es un delincuente o lo sinvergüenza que fue algún funcionario público captado haciendo algo indebido; los que se usan en todos los círculos sociales. ¿Nunca has notado los daños que causa esta forma de hablar en nuestra sociedad? Te cuento a qué me refiero:
Es una forma de hablar que despersonaliza. Tu amigo, aquel que llamas chato o gordo —o lo que sea— tiene docenas de virtudes (y defectos, sin duda) a los que tu adjetivo «de cariño» anula sin que te des cuenta. Total, si a Martín todo el mundo lo conoce como «el chato», ¿qué importancia tiene ya si es noble, inteligente, trabajador, honrado, confiable u otro? Con llamarle «chato» basta, ¿no?
Es una manera de tratarse que crea un mal precedente para las personas nuevas en nuestras vidas. En otras palabras, si presentas a alguien diciendo, «se llama Martín», y lo siguiente que haces es decir, «Chato, ¿vamos?», el respeto que la persona nueva podría estar teniendo por Martín se reduce de inmediato. Quieras o no, él deja de ser Martín y pasa a ser «el chato» para una persona más.
Es un talante que facilita la manipulación de emociones. Recuerda cuando ella decía «¡Que pase el desgraciado!», por ejemplo. ¿Te preguntabas si era realmente un desgraciado y por qué?, ¿o solo asumías que ya todo el mundo sabe que es un desgraciado y lo considerabas como tal, sin cuestionarlo? Te garantizo que eran pocos los que lo cuestionaban.
Lo último que mencionaré hoy es que lastima y limita. Cuántas veces escuché a amigos míos decir algo similar a «¿Pero cómo, si yo soy chato?» y cuántas veces tú mismo te preguntaste algo similar. Es como si los adjetivos que utilizan contigo en algún momento llegasen a formar parte central de tu identidad, carácter o personalidad, cuando no deberían.
Para tener un Perú mejor redescubramos el arte de hablarnos con respeto, empezando por algo tan sencillo como llamar a las personas por su nombre.
Hablarse con respeto es lo común en todas las naciones desarrolladas del mundo. Escuchar que te hablan con respeto es un derecho que nadie debería pisotear. Reduzcamos el uso de los adjetivos, pues hace mucho que superamos el nivel de lo que podría considerarse tolerable en una sociedad sana. Nos ayudará muchísimo como nación revalorar el respetarnos y el que nos respeten.